Palma, muy sucia y poco cívica

La auditoría presentada por Emaya hace unos días dice lo que todos ya sabemos: Palma está sucia. Muy sucia. Una obviedad que nos resulta casi indignante para quienes venimos pidiendo soluciones desde mucho tiempo.

A través de las diferentes reuniones mantenidas con los nuevos responsables de la empresa municipal vimos que había voluntad por cambiar las cosas, pero ha pasado eltiempo y Palma sigue estando sucia. Es cierto que al principio se llevaron a cabo algunas acciones puntuales que nos permitían imaginar cómo sería una Palma limpia. Pero por desgracia, desde entonces, no estamos notando una continuación en todos los barrios de nuestra ciudad. ¿Qué imagen estamos dando? Desde luego no la que debería ofrecer una de las principales capitales turísticas del Mediterráneo.

Este problema no es nuevo para nosotros. Una de las principales preocupaciones de nuestros comerciantes, desde siempre, es la suciedad de sus calles y la impotencia que sienten cuando no se hace nada por remediarlo, y lo que se hace es poco visible. A algunos, en épocas de fuertes lluvias, les entra agua en sus establecimientos porque las alcantarillas están embozadas por la hojarasca. Y cuidado no vallan ellos mismos a coger un cubo y lejía para limpiar su trozo de acera, porque entonces se arriesgan a que les pongan una multa.

No olvidemos tampoco el lamentable problema de las pintadas en las rejas y en los cristales. A día de hoy, es misión imposible para un comerciante mantener las barreras de su negocio limpias y agradables a la vista. Ni siquiera se salvan del vandalismo los edificios de titularidad pública, como por ejemplo el Teatro Principal. Sin duda, se trata de un mal que afecta a todos por igual, desde las tiendas del Paseo del Borne hasta los comercios del resto de barriadas de Palma. Y hablando de barriadas, el informe mismo reconoce que Emaya las tiene casi olvidadas y que es necesario incrementar los recursos destinados a su limpieza. Poco más hay que añadir en este punto por mi parte.

Ante tal aluvión de realidad, Emaya ha anunciado una inversión de 16 millones de euros para renovar su flota de vehículos y de contenedores, crear más puntos verdes y poner en marcha la recolección selectiva del centro y en la Playa de Palma.

Es un primer paso positivo, pero el éxito de una buena gestión en este sentido pasa por la constancia. Esta inversión debe ir acompañada de los recursos humanos y materiales necesarios y de una muy buena distribución de los mismos por todas las zonas de Palma. Nuestros comerciantes, estén de donde estén, tienen el mismo derecho a que tanto las máquinas de agua a presión como los barrenderos se ocupen de mantener periódicamente las calles limpias.

Dicho todo, hay que decir que Emaya trata de limpiar lo que nosotros mismos ensuciamos. El civismo en ocasiones brilla por su ausencia, muchas veces entre nuestros ciudadanos. ¿Acaso dejaríamos que nuestra mascota defecara en el salón de casa sin recoger los excrementos? Entonces no hagamos lo mismo en nuestra calle. Lo mismo con los chicles, envoltorios y demás basuras. No tenemos ni más ni menos papeleras que cualquier otra ciudad desarrollada y, sin embargo, muchos son incapaces de guardar en su bolsillo un pañuelo hasta poder deshacerse de él de manera educada. El primer paso hasta lograr una Palma limpia y agradable lo damos nosotros mismos no ensuciándola. Empecemos por querer Ciutat como a nuestra propia casa y entonces, tal vez, podamos dejar atrás la suciedad y la porquería que tantos disgustos nos dan.

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